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miércoles, 21 de mayo de 2014

NO SÉ QUIÉN SOY, por Rosa García Calleja

NO SÉ QUIÉN SOY
Rosa García Calleja

Los días soleados no me gustan. Prefiero que llueva y que haga mal tiempo, así la gente no sale a pasear por el campo. Estoy cansada de escuchar a los niños preguntar:
—Mamá, ¿eso qué es?  ¿Un melocotón o una ciruela?
Lo cierto es que ni yo sé quién soy.
Supongo que soy una fruta demediada, es lo que tiene nacer nectarina.
Mis amigas, la fresa, la pera y la manzana me dicen que no me preocupe, que busque lo bueno de ser dual, pero yo las envidio, debe ser relajante tener una personalidad bien definida como ellas. Yo necesito ser como los demás, de veras que lo necesito.
Mi vida se ha convertido en una pesadilla.
Llevo varios días vigilando el suelo. Estamos en tiempo de polinización y la tierra se va alfombrando con una especie pelusilla; si yo pudiera caer y revolcarme en ella podría tener la piel tan aterciopelada como el melocotón. Siempre he deseado ser uno.
Me balanceo con fuerza, a ver si tengo suerte y caigo. A lo lejos veo una familia que se va acercando, no quiero escucharlos de nuevo, seguro que los niños se paran ante este árbol, siempre lo hacen y  solo para preguntar que qué fruta soy. Estoy harta. Oigo un crujido. ¡Qué bien! La rama que me sostiene parece que se vence. Cuando apenas faltan unos metros para que lleguen, se rompe del todo  y desciendo en caída libre. ¡Qué divertido! Qué sensación tan placentera, me da cosquillas en el estómago. Está tan mullido que al topar con el suelo apenas me hago daño. Doy vueltas con alegría y toda mi piel se cubre de una fina capa de vello.
La familia ya está muy cerca,  entonces escucho pletórica de felicidad cómo el niño dice:
—Mira, mamá, se ha caído un melocotón.

Rosa García Calleja. Nacida en Barcelona. Psicóloga y funcionaria de Ayuntamiento. Me han publicado varios relatos en seis libros de antologías. Ganadora de concurso “Más cuentos que Calleja”, finalista en el concurso organizado por Latin Heritage Foundation, ganadora de uno de los premios del concurso “el relato más corto del verano”, finalista en el Premio Internacional de narrativa femenina Bovarismos. 

lunes, 12 de mayo de 2014

HEMISFERIOS, por Anamaría Trillo

HEMISFERIOS
Anamaría Trillo

Como todo el mundo tengo el cerebro demediado. Dos hemisferios dictan mis actos, algunos plenamente diestros y otros, absolutamente siniestros.
Mi hemisferio diestro rige mi manejo de los cubiertos en la mesa, la fuerza y precisión con la que coloco la bola en mis amistosos de tenis, el trazo de mis letras y la virtud o demérito de mis palabras. 
Mi hemisferio siniestro es diferente. No hace nada a derechas. Se pasa las horas trazando planes para estropear cualquier esfuerzo de mi lado diestro. Mi mitad siniestra es quien me pide que me relaje; que respire hondo y cuente hasta diez; que no pierda el tiempo con lo que me roba la calma; que mire más al cielo y menos a mi ombligo. Es indolente, pero simpática pues nunca actúa por mal. Cuando estropea lo que mi parte diestra ha hecho con tanto esfuerzo, en realidad, solo busca hacerla reír... pero mi parte diestra no se ríe jamás.
Mi parte diestra siempre hace lo correcto; mi siniestra hace lo que le da la gana. Una noche, apenas iluminada por un viejo flexo, con un bolígrafo en mi diestra, la siniestra sujetaba el papel en blanco. La siniestra se reía y echaba en cara a mi diestra que, sin su trabajo al sujetar el folio, sus trazos resultarían de un surrealismo picassiano.
Mi diestra no sabía cómo empezar a escribir. La risa no estaba en sus planes. Cuando mi siniestra se levantó del papel con la intención de acariciar el dorso de mi diestra, esta se rebeló y muy diestramente, clavó el boli sobre su mitad demediada.
Cuando la sangre rodó por mi mano y tiñó el blanco del papel, supe que el folio no se llenaría nunca, se había detenido la inspiración... pero nunca llegué a saber qué parte de mí hizo lo diestro y cuál lo siniestro.

Anamaría Trillo. Licenciada en Periodismo, editora y escritora. Apasionada de la lectura y la escritura, cultiva la novela, el relato corto y pequeñas incursiones en el mundo de la poesía. En 2014, ha participado con otros autores en Nueva carta sobre el comercio de libros de la editorial Playa de Ákaba. Es autora del libro de relatos El faro de Umssola y otros cuentos subterráneos. 

jueves, 8 de mayo de 2014

EL ÁNGEL DEMEDIADO, por Elena Martínez Royo

EL ÁNGEL DEMEDIADO
Elena Martínez Royo

Crono se había enfrentado nuevamente a su hijo Zeus. La lucha en el Olimpo desencadenó truenos, que rompieron el silencio de la noche y rayos, que iluminaron el oscuro cielo. Helios, montado en su carro, condujo por el océano que circundaba la tierra, para que con la llegada del sol, dejaran de pelear.
Lucas, el viejo jardinero, se dirigió al laberinto para hacer desaparecer los efectos de la tormenta. Sabía que cuando el sol se escondiera, los enamorados aparecerían. Se convertiría en un lugar mágico, lleno de amor y promesas. Barrió las hojas esparcidas por encrucijadas y caminos, que conducían a una plaza en cuyo centro un imponente ángel de piedra lo dominaba todo. Cortó setos y limpió bancos escondidos estratégicamente, para que los amantes encontraran la buscada intimidad.
Al llegar a la plaza y ver lo que había ocurrido, exclamó:
—¡Un rayo ha demediado al ángel!
A partir de ese día los enamorados buscaron la magia en otro lugar y dejaron paso a seres que esparcían tristeza por sus calles.
Al ver lo ocurrido Helios apeló a Afrodita para restaurar el orden establecido por los Dioses.
Lucas, como cada mañana, se dirigió al laberinto. Los setos habían crecido tanto que cubrían sus calles. Resignado, cogió las tijeras de podar. Durante semanas trabajó abriendo caminos. Su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar a la plaza descubrió que el ángel ya no estaba demediado.
Sentada en un banco, una pareja se daba besos apasionados. Sus suspiros se entremezclaban con los de otros enamorados. La magia había vuelto.


Elena Martínez Royo. Diplomada en Criminología y aficionada a la lectura. Algunos de mis relatos han sido publicados y, en la actualidad, me estoy enfrentando al reto de mi primera novela. 

EL MONSTRUO, por María Carmen Crespo

EL MONSTRUO
María Carmen Crespo

La voz airada de la madre cortó en seco la alegría del niño.
—Mejor no hablamos de tu padre—le dijo.
A él no se le ocurrió nada más que decir. En su mente se fue desdibujando la partida de pim-pón que había ganado a su padre, y cómo le había elevado por los aires hasta la rama de un árbol: ¡Campeón!
—Bueno, estamos juntos. Olvídate de tu madre —solía decirle él.
La imagen de su madre esperándole a la salida del cole con la merienda, su amplia sonrisa y el patinete se quebró como un espejo golpeado por una piedra.
Por eso muchas veces se ponía a llorar y cuando le preguntaban qué le ocurría, no podía explicarlo. No entendía nada. Lo que a él le gustaba contar sus padres no lo querían saber y solo le preguntaban, cuando volvía con cada uno de ellos, qué había comido, si le habían bañado y otras tonterías.
¿Cómo podría con sus cinco añitos explicar que se sentía demediado y que le faltaba una parte de sí diferente, según estuviera con su padre o con su madre? ¿Si eran mayores por qué no entendían que necesitaba hablar de lo bien que se lo pasaba, estuviera con quien estuviera?  El recordar esos momentos le hacía sentirse de nuevo feliz y el no hablar de ellos le asustaba como si el recuerdo se transformara en un monstruo, que se escondía dentro del armario. El niño tenía miedo de que algún día, ese monstruo saliera para obligarle a estar callado para siempre.
                                                                      
María Carmen Crespo. Ha publicado cuentos Lucía y las espadas de fuego, El apagón y en El enemigo interior de Playa de Akaba participó con Avatar. Su reciente novela ha sido enviada a concurso.

¿DEMEDIADO, YO?, por Patricia Martín Rivas

¿DEMEDIADO, YO?
Patricia Martín Rivas

—¡Ya no te soporto más! —le gritó, cuasi histriónica—. Eres un carca, un cascarrabias, un… un… ¡yo qué sé! Estás completamente demediado. Eso es: ¡demediado, demediado, demediado!
—¿Demediado, yo? ¡Demediada tu madre!
Portazo.
«Demediado, me dice, ¡demediado! Pero ¿cómo se atreve? Ella sí que está demediada, ea, ella sí que sí.»
Y se hiela en la calle porque va en pantalón corto y no ha cogido ni chaqueta ni jersey —que no es que haga frío frío, pero el entretiempo cala en los huesos y los mordisquea— y se sienta en un banco y camina y corre a ratos —a ratitos— da vueltas a la manzana y se bebe una cerveza por la calle y se acurruca en una esquina de la biblioteca —una esquina exterior, ajena a los diccionarios— y el dichoso demediado le come, le reconcome, le carcome.
«Demediado, yo. Buah.»
Y va cayendo el sol —tarde, porque ya se ha realizado el cambio de hora en vistas al verano— y el cielo ya rosea y las nubes se pintan de colores amarillentos y la gente sigue paseando —la ciudad no muere: estamos en Madrid— y los gritos de los muchachos arruinan el ocaso y lo visten de violento violeta y la suciedad se arremolina en las calles después de un duro día desperdiciado —otra vez— y los bares guardan o jóvenes que encaran la noche venidera o viejos que susurran a los vasos; viejos demediados.
—Demediado, me dice la tipa. Demediado, ni más ni menos. Y me cierra la puerta en las narices, gritándome: «¡Demediado, demediado!». Pero ¿acaso tengo yo cara de demediado?
—¿Qué significa eso?
—¿Qué eso?
—Eso de demiado, dimadido o lo que sea.
—¿Demediado?
—Sí, eso.
—Y qué sé yo.


Patricia Martín Rivas. Nacida en 1986 en Madrid y licenciada en Traducción e Interpretación y en Comunicación Audiovisual. Ha residido en París, California y Lima. Gran interés por las artes, especialmente la literatura y la pintura. Ganadora del primer premio del I Certamen de relato corto del concurso Marramblas y Farraguas con La gran revolución de las gallinas, en 2009, y del primer premio del I Certamen de escritura rápida del concurso Marramblas y Farraguas con El riesgo de no arriesgar, en 2011. Está escribiendo su tercera novela y publicó hace unos meses la segunda, Verde sobre naranja, en Amazon.

miércoles, 30 de abril de 2014

EL CREADOR, por Francisco García Alhambra

EL CREADOR

Francisco García Alhambra

Dominadas  las leyes de la genética y la clonación, se creó una comisión para  el diseño del ser humano íntegro, social y equilibrado. Proyecto ambicioso destinado a eliminar  discusiones, enfrentamientos y guerras. Los ensayos se encontraban ya en fase de experimentación aunque  no había una línea definida en su desarrollo.
En primer lugar se crearon dos cuerpos enteros separados, complementarios, y dependientes según la tendencia del sujeto base, hombre-mujer, hombre-hombre, mujer-mujer. Necesitaban unirse por unas membranas superiores para compartir conocimientos y puntos de vista. Pero algunos no querían ser demediados y deseaban vivir solos, otros ser mas de dos, y fueron muy pocos los resultados positivos de este experimento.
Después como superación se intentó un cuerpo único bisexual, con dos cerebros solapados capaces de asimilar todas las situaciones desde varios puntos de vista. Las crisis violentas que sufrían los sujetos desaconsejaron esa línea de experimentación.
Se trabajó también en el aumento de la capacidad cerebral, pero eso solo condujo a un paroxismo de ideas y de comportamientos ininteligibles, provocando que todos quisieran ser líderes, lo que generó demasiados conflictos.
Finalmente un habilidoso artesano y pensador ajeno a las investigaciones biológicas, al que todos llamaban Da Vinci, por su creatividad e ingenio, ideó un prototipo del ser humano total que quedó plasmado en varios bocetos. Este fue el elegido por la comisión.
En su  presentación «el creador» manifestó:
—Como podéis observar he diseñado a un ser humano como cualquiera de nosotros, solo he agrandado el pabellón auditivo para escuchar más y mejor a nuestros semejantes, y he aumentado y reblandecido el corazón para sensibilizar a la gente con los problemas de los demás y de la humanidad. El resto lo dejo a la educación efectiva y desinteresada por maestros independientes.



Francisco García Alhambra, (La Solana). Madrileño de adopción, con formación jurídica, leo y escribo por placer. Me interesa la historia de la humanidad y de las civilizaciones y sus principales protagonistas. Colecciono libros y enciclopedias, que podría estar leyendo, colocando y hojeando todo el día.

MITAD VIVO, MITAD MUERTO, por Emilia Privat Ferrando

MITAD VIVO. MITAD MUERTO
Emilia Privat Ferrando

Demediado. Así me sentía cuando ella me llamaba. Mitad vivo. Mitad muerto. Como si una embolia hubiese paralizado la mitad de mi cuerpo. Cuando estaba con Leonor, me olvidaba de todo, incluso de mi responsabilidad como guarda del cementerio del pueblo. Antes de conocerla mi vida transcurría entre tumbas, flores marchitas y las visitas de los familiares entristecidos. Vagaba por los caminos de gravilla, viendo cosas que podían enloquecer a cualquier hombre. Aquellos muros se habían convertido en mi prisión. Nada me importaba.  
Hasta que un tarde, ella apareció tan radiante como el sol en primavera, con una minifalda que dejaba al descubierto unas piernas largas, y una mirada azul que me robó el corazón. A su lado, aprendí a sonreír, a bailar, a gozar de su cuerpo. Disfruté de la vida como jamás lo había hecho.
Pero yo no era el único hombre de su vida y, cuando ella me abandonaba, volvía al mundo de las sombras. Mitad vivo. Mitad muerto.
Un día, Leonor apareció en el cementerio vestida de blanco, la falda le llegaba hasta los pies, el semblante pálido y ojeroso.
—¿Qué hago aquí? ¿Por qué no puedo salir de estos muros? —me preguntó.
Me acerqué a ella, quería abrazarla, protegerla, pero las manos solo acariciaron el viento.
—Tranquila, amor mío, a partir de ahora siempre estarás conmigo.


A Emilia Privat Ferrando le apasiona escribir, inventar historias, jugar con la imaginación. Ha publicado dos relatos y un cuento, pero lo que más le gusta son las novelas. Ha escrito algunas con la intención de presentarlas a concursos literarios. 

martes, 29 de abril de 2014

UN DÍA DE PLAYA, por Ignacio J. Dufour García

UN DÍA DE PLAYA
Ignacio J. Dufour García

El camping era ideal, el folleto indicaba que la playa se encontraba a cinco minutos. Al pasar la carretera, por el subterráneo, no se fijaron en la serie de desportillados que cubrían las paredes. Mientras bordeaban una garita vacía, un coche se internó en el bosque, esquivando un bloque de hormigón que ocupaba un carril. Junto a la garita se encontraba un edificio abandonado con aspecto de centro social.
            Cruzaron la calle, por donde una vez hubo un paso de peatones. Tomaron una senda peatonal casi cubierta por la maleza que supusieron les llevaría a la playa.
            No llevaban mucho tiempo caminado cuando lo vieron, un árbol vivo de unos ocho metros de altura demediado hasta casi la raíz como si hubiese sido golpeado por una enorme hacha. Una de sus mitades había caído sobre un banco que a duras penas soportaba su peso.
            Unos metros más adelante, se abrió a su izquierda un claro con tres mesas de ping-pong y varios bancos, todo con pinta de no haberse usado en años.
            Finalmente, al volver un recodo del camino lo comprendieron todo. A su izquierda se abría una avenida de unos doce metros de ancho, con bancos al tresbolillo y farolas de tubo de acero de varios brazos de estilo futurista similares a las del camping, que conducía a una construcción de estilo neoclásico que se apreciaba al fondo. La mayor parte de la avenida estaba cubierta de vegetación.
            A su derecha arrancaban las escaleras de un hotel de cristal y hormigón, al que no le quedaba una sola ventana. Picado de viruela, especialmente intensa en algunos balcones en los que quedaba al aire parte de su esqueleto de acero.
            Aun más inquietante que la imagen era el silencio, parecía como si las bombas también hubiesen acabado con el sonido.



Ignacio J. Dufour García (Madrid, 1984). Ingeniero Industrial y voraz lector, durante muchos años leí todo lo que me cayó en las manos. Aficionado a los clubes de lectura en donde a consecuencia de un encuentro con el autor del libro que estábamos leyendo me volvió a picar el gusanillo de escribir.

martes, 15 de abril de 2014

EL VALOR DEL SILENCIO, por Vanessa Bou Pérez

EL VALOR DEL SILENCIO
Vanessa Bou Pérez

Cuarenta horas a la semana en la caja del súper. Doña Verborrea Desmedida no calla un segundo. Gasto mucho en paracetamol. Solo hablo conmigo.
—¿Visteis lo de las fotos del principio del universo? —pregunté la última vez que hablé.
—No, es que no soy de ver las noticias, y mira que dice Raúl que debería. Mi hijo sabe más que yo. Y es que  es lo que yo digo…
Y una hora de charla sobre la nada.
Un atracador irrumpió hace unas semanas.
—El dinero o me la cargo. —Apuntaba a Verborrea.
Me decía a mí. Habló de su hipoteca, sus famélicos hijos. ¡Qué jodido relato costumbrista! Pero por fin escuchaba otras voces.
—Abre la caja ya.
Me quedé paralizada y sin habla hasta que llegó la policía y un mediador, el Doctor Trelawney, el  único psiquiatra del pueblo. Solo repetía: «Cálmense». Medité sobre el posible resto de mis días. Doña Protagonista Locuaz contando su sufrimiento y lo que la gente le dice que debe haber sufrido y blablablá. ¡Antes la muerte! Me interpongo entre ella y el proyecto de ladrón. Increíble, la pistola del desgraciado es de plástico. 
—¡No dispare! Doctor, tengo una idea —he recuperado la voz, pero Trelawney no oye. Explica a los policías: «Podemos ver el típico patrón de comportamiento demediado que provoca el hambre».
Lleno cuatro carros, los saco al coche aparcado en la calle de atrás, con su mujer al volante y una niña. He hecho un buen trato.
Ayer mientras en la cinta rodaba la leche demediada entró un hombre con una media en la cabeza y una pistola.  Me apunta, se dirige al resto.
—El dinero o me la cargo.
Sé que su pistola es de plástico. Creo que me guiña un ojo. Le sonrío.


Vanessa Bou Pérez. Bióloga de estudios y profesión. Intento aprender a escribir para convivir y encariñarme con mis fantasmas, pero ¡qué difícil es escribir y qué fácil leer algo bien escrito!

SIGNOS, por Rosario Curiel

SIGNOS
Rosario Curiel
«Ya el terreno estaba sembrado de signos de pasadas batallas.»
El vizconde demediado, Italo Calvino

Una aguja atravesó su piel. Se oían voces en contra de posibles anestesias. Recordó una cuchara cerca de sus labios apretados. «Debes comer», decía una voz. Pero ya no era boca. Era ojos y cama de hospital, ojos asombrados ante la cuchilla que derramó la vida de sus venas. Era un río rojo y muñecas vendadas, cicatrices nacidas a tramos de pura existencia, el vacío de sus padres, el vómito eterno, la traición de aquel que le había prometido que iban a ser felices hasta que la muerte… doctor, urgente, doctor, urgente, electro, eran palabras que se mezclaban en su mente después de que decidiera empezar de una vez por todas, y allí estaban él y su amiga, él y su relación demediada, él y su manía de compartir la mano, el coche, la risa, el cuerpo. Supo que en algún momento debería haber frenado la burla, la sopa de letras vomitadas de su boca con las que él la desdibujaba, criticaba su amargura, su media luna acostada en los labios, pero ya no había vuelta atrás: una nube de gorros verdes se agolpaba ante su cara, mientras por fin veía en su cuerpo los signos de una batalla en la que ella era vencedora y vencida. Dejó de asombrarse. Estaba entre los vivos y los muertos, en una región difuminada en la que podía verse desde arriba, sí, esa que se iba al otro lado, esa del alma partida en dos que se observaba era ella, ella misma, lamentando no haber adivinado antes los signos de la muerte que la acompañaban como el mejor de los amantes.


Rosario Curiel. Cultiva la poesía, el ensayo y el género escénico, pero se define básicamente como novelista. Tiene cinco novelas publicadas: la primera, El secreto de mi nombre, fue una de las obras finalistas en el Premio de Novela Fernando Lara 1996. Memorias de la salamandra, su última novela publicada, se situó entre las novelas finalistas en el Premio Nadal 2006.

LA NARANJA, por Gema Martínez Egido

LA NARANJA
Gema Martínez Egido

Silvia no tarda en levantarse de la cama y desperezarse, lo hace como todos los días para ir a trabajar en la clínica veterinaria. Lleva tres días intentando averiguar la causa por la que la tortuga Josefina no quiere comer.
            Cada mañana, por rutina, desayuna un café exprés sin azúcar, una tostada bien crujiente con mermelada de albaricoque y se exprime media naranja. La otra mitad se la reserva para su demediada pareja, su chico Mateo, que llega a casa cuando ella hace solo unos minutos que se ha ido. Esa mañana no necesita elegir la naranja porque es la última del frutero. Presenta un aspecto algo arrugado, deforme, sin casi vida. Al abrirla con el cuchillo de sierra, comprueba que está pálida, aunque sin darle mucha importancia, la exprime con energía y saborea su ácido sabor.
            Antes de irse, con cariño y delicadeza, sujeta la otra mitad de su naranja y cuando intenta guardarla en la nevera, el gato Roco se enreda entre sus pies, la hace caer y la naranja entra directa al cubo de la fregona. «No es normal», se dice. «Esto es una señal».
            Y lo es, porque Mateo no volverá a casa, no volverá al trabajo, no volverá a la vida. Ha permanecido malherido hasta desangrarse en el pasadizo del parque, cerca del portal de su piso. Está allí desde que un atracador le clavó la primeriza navaja para robarle su mochila, donde guardaba los cinco euros que reservaba para comprar, antes de llegar a casa, una bolsa nueva de naranjas.


Gema Martínez Egido. Soy de Madrid, del barrio del Carabanchel. Mi afición a la escritura surgió hace un año cuando me apunté a un taller de la biblioteca de mi barrio, donde he conocido a gente estupenda. Y lo que más me gusta es descubrir escritores nuevos que no conozco y tener montones de obras pendientes por leer; me hacen sentir que me queda mucho por aprender y que me acompañarán en mi vida. Me encanta la fotografía, afición que heredé de mi padre. Me permite mostrar una visión de la realidad a mi forma, porque me gustan los detalles de los edificios, calles y personas...

lunes, 31 de marzo de 2014

Y NO SÉ, por Gerardo Nicolau Ordónez

Y NO SÉ
Gerardo Nicolau Ordóñez

Y no sé. Siempre todas sus exposiciones orales acababan así: «Y no sé». Quizás era la demostración de haberse atascado en un argumento y no saber cómo continuarlo o, simplemente, también podía ser la desgana del mero hecho de tener que acabar.
«Y no sé» podía significar entonces: «No quiero acabar aún, pero no sé cómo acabar». ¿Qué utilizar? ¿Me haré pesado? ¿Dónde se encuentra la información que necesito? ¿Debería continuar con lo que necesito o debería andarme por las ramas? ¿Son esas ramas por las que debería andar para encontrar la necesidad? ¿O será esa necesidad la que me llevará por un camino de ramas? Quizás buscar esa necesidad hará que encuentre más necesidades. Entonces, buscarla significaba ganar, pero también perderla para que otra necesidad resurgiera y atacara. ¿Cómo no crear más necesidades? ¿Para que nacen las necesidades? ¿Deben pensarse las necesidades?
Quizás no deban mencionarse, así, resultarían menos necesidades. Porque algo, cuando se necesita, cuando se necesita mucho, crea problemas. Crea demasiadas necesidades. Demasiadas incertidumbres. Demasiadas preguntas. Demasiadas pausas. Muchas… Y todo acaba sin terminarse: «Y no sé».


Gerardo Nicolau Ordóñez (Mequinenza, Aragón, residente actualmente en Barcelona). Estudiante de literatura, una amiga que desde muy pequeño deposité bajo el brazo. Leía y leía, pero no acaba de abastecer mi alma. Debía escribir. 

LA HORCA, por Juan Oliver Martínez

LA HORCA
Juan Oliver Martínez


«Ahora eran auténticas obras maestras de carpintería y mecánica...»
El vizconde demediado, Italo Calvino


Ni el doctor podía hacer nada; nadie podía aliviar el sufrimiento de aquel al que no se le rompía el cuello en el acto tras soltar la palanca y caer en peso muerto, y agonizaba asfixiándose, orinándose en los pantalones hasta el último suspiro. Ajusticiados por el Marqués y a la vez juez del marquesado por orden y poderes del Rey.
Este, desde que falleció su tan amada y bella esposa, intentando quitarse la vida tirándose de la torre, logró más amargura, quedar mutilado y convertirse en un juez muy cruel, se decía por las villas.
Pero Harry no había hecho nada, ni cometido delito y aún y con eso juzgado y condenado a la horca. Ahora eran auténticas obras maestras de carpintería y de mecánica.
El Doctor Obreyn, para evitar a toda costa que su buen amigo, y tan amado Harry muriera al día siguiente, pues suerte conocedor de todo tipo de pócimas y trucos con los que se podía ver a escondidas con si apreciado y deseado condenado, en las que dejaban fluir sus pasiones.
Este sobornó al verdugo para que utilizara una cuerda ideada por él.
El doctor no durmió en toda la noche, tenía que procurar que el sacerdote proporcionara al condenado un elixir que hiciera que le dieran por muerto.
Llegó el alba y acudió el sacerdote, tras él los soldados quienes le acompañaron a la horca.
Apenas había gente en la plaza, el marqués estaba ausente. El verdugo cumplió su deber...



Juan Oliver Martínez. Amante de la Historia, del Arte, y de ambas disciplinas en lo que se denomina Historia del Arte, de vocación tardía. Desde temprana edad me han enseñado a paladear un buen libro, aun de familia humilde; estudié Derecho, pasé por los Juzgados y en la actualidad una enfermedad pulmonar grave me tiene retirado de la circulación.

martes, 25 de marzo de 2014

TIEMPO, por Paula Peralta

TIEMPO
Paula Peralta
El constante latido del mundo deja anonadado a gran parte de la humanidad, que intenta adecuar sus pasos al ritmo de este en una polca imaginaria. El se frena sin entenderse, cambia el pie y el sentido de la saeta e inicia una nueva coreografía. La hace lo mismo, paralelo y simétrico recorrido. Huella sobre huella. Como un viejo reloj de pared holandés, con autómatas descarriados, el puente no les entiende tampoco. La tira de la aguja que, maliciosa y dictatorial, retenía su pelo en un moño clerical, caminando bajo la lluvia. Lo hacen, eso es todo.
 El atraviesa las dunas borrosas de su sol de domingo. La entra por la aurícula y mira abajo al darse cuenta de que sus zapatos se han dado un baño en un charquito ermitaño que huye por el borde del puente y no desemboca en el río. Los pies de El son inundados por un agua que acaba de llegar. Se aparta para no mojarse, aboca los ojos en él. Mira sus ojos grises.
Cuando los suspiros levantan la cabeza han olvidado por qué se dieron la vuelta. La saeta se cuela de nuevo en el pelo de Ella que acelera el ritmo para reencontrase con el latido constante y mundanal que maneja el flujo de la arteria principal de su ciudad, a punto para retomar el baile.
 Sería una estupidez explicar que al asomarse un charco, espejo y ventana, pudo enmendarse la desmedida lluvia que la había acechado todo el día. Pero ella supo entonces que el latido mundanal que nos sigue se demedia por tiempo y contratiempo y que la batuta la llevaba recogida en el pelo y no al revés. De lo que nunca estará segura es de quién fue la figura que se reflejó en el charco.


Paula Peralta Pozanco (Mequinenza). Estudiante de secundaria por poco rato más. Suele escribir cuando respira, con gafas de cineasta. Creacionalmente puesta. Afiliada a la lectura pasadas las doce de la noche. Aunque odia el café, ha reflexionado mucho en él. Ha escrito una novela, y pretende escribir más.

jueves, 20 de marzo de 2014

LA CRISIS DE LOS 40, por Ángel Lara Navarro

LA CRISIS DE LOS 40
Ángel Lara Navarro

Cuarenta años, soltero y sin compromiso. Y malditas las ganas que tiene de enmarronarse. Egoísta empedernido, bohemio y juguetón, disfruta de cada cerveza, de cada partido, de cada cita. Y le va bien.
Sin embargo hoy, demediada ya su vida, se ha despertado con la imperiosa necesidad de hacer algo distinto. Algo duradero, tal vez eterno. Y sabe lo que es. Tendrá un nombre y dos apellidos, y lo querrá con locura. Jugarán, reirán, aprenderán juntos cosas que jamás serían capaces de imaginar separados. Afrontarán momentos difíciles y disfrutarán los fáciles: el primer diente, el primer paso, la primera palabra, y con suerte, muchos años después, la última.
Sale a pasear. La decisión está tomada, solo falta elegir el segundo apellido. Se sienta en el parque a observar comportamientos: una regaña al niño por tirarse al suelo, otra por comer arena... Otra sonríe a su pequeño sin dejar de mirarle a los ojos. Una vigila, otra no está... y otras dos destripan a una tercera sin prestar atención.
Lo tiene claro. Saca el móvil, revisa la agenda y marca un número:
—¿Cristina? Hola, soy Alberto, me gustaría verte.
—¿Alberto? Hola, ¿cómo te va?
—Bien, no me quejo —un silencio breve, estudiado, y un perceptible cambio de tono—. Te he echado de menos, me gustaría verte. ¿Puedes?
Después de un solo segundo de duda, la voz suena cálida al otro lado del teléfono:
—No es buena idea, Alberto, ya pasó. Ahora estoy bien, y no quiero liarme. Estoy tranquila. Feliz.
Cuando cuelgan, Alberto se queda pensativo, con la mirada clavada en un niño rubio de ojos despiertos. Quizá sea demasiado tarde. «Bueno», se dice, «nunca lo sabré si no lo intento. ¿Hacia arriba o hacia abajo? Hacia arriba, siempre hacia arriba». Vuelve a marcar:
—¿Consuelo? Hola, soy Alberto, me gustaría verte.


Ángel Lara Navarro (Madrid). Lector. Desde siempre y para siempre. Me gustan las historias bien contadas y de personajes consistentes. Escribo porque me divierte, y porque me permite reflexionar sobre el extraño (o no) comportamiento humano, el mío incluido. De momento relatos y novela cortísima, pero quién sabe, quizá algún día...

martes, 18 de marzo de 2014

MI MENTE DEMEDIADA, por Luisa Gil

MI MENTE DEMEDIADA
Luisa Gil

Me acerqué, porque tenía que hacerlo, a visitar a mi viejo amigo el Doctor Trelawney para que terminara de tratar mi mal. Cogía el cepillo de alambre y frotaba durante cinco minutos para ir demediando mi mal. Yo no estoy convencida de que fuera necesario, ni siquiera de que existiera ese mal en mi mente. Pero desde pequeña mi madre me lo repetía incansable: «Hija no se puede sacar partido de ti. Si pudiera quitarte ese mal de tu cabeza! No sé por qué te da por pensar tanto. Te vas a volver tonta!». Pero estoy muy contenta porque el doctor Trelawney me ha dicho tras esta sesión que antes del verano mi mente estará demediada y yo, ¡por fin curada de mi mal!
Y parece que va funcionando porque ya consigo pasar el día entero sin pensar. Me dejo llevar y ya está, sin complicaciones. Ya no surgen esas locas ideas de cambiar las cosas que tanto desesperaban a mi madre. Sufría como un estado de ansiedad que me martirizaba. Que le martirizaba. ¿Por qué nací tan deforme? Creo que tardé mucho en nacer y se me deformó el cráneo. Eso es. Y mi mente se descolocó y no funciona. Genera pretensiones absurdas que no me pertenecen. Cálmate. Todo va bien.
Menos mal que conocí al doctor Trelawney que es experto es solucionar casos imposibles, de esos que aparecen uno entre un millón, como el mío. No sé si realmente conoce la solución. Pero con el tratamiento siento como que me falta algo, alguien. Cuando pensábamos las dos juntas era todo más fácil, me sentía segura. Presumía la existencia de un mundo más feliz. De que existía algo más tras los muros. Te echo en falta. No sé cómo seguir sin ti. Tú eras la más fuerte. Mi vida demediada no tiene ya sentido. Me voy a comprar un sombrero.



Luisa Gil (Madrid) Ingeniero con incursiones juveniles en la pintura, y lectora compulsiva desde que tengo memoria; amante de la poesía por encima de todo, he coqueteado con la escritura sin atreverme hasta ahora a mostrar los bocetos de mis cuadernos. Solía leer a Chomsky, Jacobson, Ferdinand,... para entender cómo grupos de símbolos ordenados mágicamente se convertían en ciencia, poesía, fantasía o realidad sobre un papel. 

lunes, 17 de marzo de 2014

EL ALMA DEMEDIADA, por Samuel Querol

EL ALMA DEMEDIADA
Samuel Querol

Era un chico simple, con una forma de ser de lo más corriente. Una persona tan común que nunca destacaba por allí por donde iba. Sin embargo, su alma estaba demediada, que al sentirse amenazado de cualquier manera se tornaba alguien diferente. Su ser se tornaba oscuridad, hasta tal punto que ni tan solo podía controlar su propia mente, pero siempre había podido controlar la oscuridad.
Cierto día, cerca de su cumpleaños, el chico encaró el camino a la escuela con su mochila al hombro y paso tranquilo. Pasados cinco minutos de trayecto se cruza con la chica que le gusta de su clase. Ella desprende un aroma embriagador a vainilla y coco que deja flotando por donde pasa. Él cierra los ojos y lo aspira un momento antes de tragar saliva y tocar el hombro de la chica.
Ella se gira sonriendo y él se derrite.
Puedo saber tu nombre? —le pregunta el chico. Siempre ha tenido vergüenza por preguntarlo.
—No te importa —le contesta muy descortésmente ella.
La chica se gira y se aleja de él dejando el aroma a vainilla y coco en el aire frente a su compañero de clase. 
El chico se queda helado por la frialdad que ha mostrado la chica que le gusta. En su interior se inicia una batalla entre las dos partes de su alma demediada. La luz, rebosante de ilusión y bondad, y la oscuridad, llena de ira y ansías de destrucción.
Finalmente la oscuridad interior gana y le destruye creando un monstruo de aura negra que inunda su mundo de sombras, oscuridad y muerte a su paso. El chico se ha transformado y su bondad se ha desvanecido para siempre por el dolor del amor perdido de la chica a siempre ha amado.

Samuel Querol (Premià de Dalt). Cursa arquitectura técnica y es más una persona de ciencias que de letras, pero empezó a escribir como método de escape. En principio autodidacta, pero que ha tenido bastantes influencias como para poder expresar lo que tiene dentro.

domingo, 16 de marzo de 2014

Y AUN ASÍ..., por Efraím Suárez

Y AUN ASÍ...
Efraim Suárez

«Imagina un chasquido de connotaciones cósmicas, la explosión masiva de todo cuanto ha existido o existirá alguna vez, el quejido inexorable del tiempo al agotarse... Retén esa figura en tu mente, analízala, profundiza en ella, hazla tuya, siéntela como si todas esas esquirlas de eternidad se estuviesen clavando en cada nanómetro de tu piel. Esa es la verdadera escala del padecimiento, el retumbar épico de las ideas, el sonoro estertor de la existencia. Y es toda mía. Mía pese a que no debería ser capaz de sentirla o padecerla; mía pese a que no debería conocer siquiera la implicación de un yo que me pertenezca. Y aun así...
Me removí inquieto, presa de la figuración del ego y del movimiento inexistente, de la imposibilidad del acto; atento al flujo equívoco de mis sinapsis virtuales, de sus coloridos impulsos cacofónicos. O, al menos, así quise imaginarlo. Alguien dijo una vez que imaginar es como mirar con los ojos de la mente, pero cuando no tienes órganos con los que comparar, ¿qué es lo que imaginas? ¿Puede el ser sin percepción imaginar? ¿Puede acaso definir su mundo? Yo puedo, o quiero pensar que puedo. ¿Cuál es la diferencia? Mi voluntad completa las insidiosas facetas de este mundo demediado, las recrea según el patrón divino de un dios quimérico: la voluntad del pensamiento, del ser último... o del primero.
Me agoto en una deflagración inexistente, en un fuego azul, frío y pálido, en un suspiro emitido sin boca y sin pulmones, mirando al precipicio de mi existencia rota: de una mente sin cuerpo. Y aun así...»
*
El sistema colapsó con un pitido locuaz, reiniciándose a los pocos segundos, sumiéndose en una oscuridad teñida de letras fugaces: Last execution of HAL crashed. Would you like to run it again? (Y/n).



Efraim Suárez (Puerto de la Cruz). Tras cursar estudios de Psicología por la ULL y de Humanidades por la USC, comenzó a tontear con la literatura. Con su primera novela, Hilos de ambición (Playa de Ákaba), quedó finalista en el I Premio Cajagranada de Novela Histórica. 

jueves, 13 de marzo de 2014

DEFINICIÓN, por Miguel Hernández García

DEFINICIÓN
Miguel Hernández García

El silbido del pajarito instó a Paula a mirar la pantalla de su móvil. Era, otra vez, Nerea.
—Tía, me ha mandado un mensaje que no entiendo muy bien. Como es medio italiano a veces usa palabras que no conozco.
—A ver —Paula suspiraba mientras respondía—, ¿qué te ha puesto?
—Dice que nuestro amor está demediado.
—¿Demediado? Espera que lo busco, que yo tampoco lo tengo claro.
Con apenas teclear la palabra encontró la definición en un diccionario online. Acto seguido procedió a informar a Nerea.
—Tranqui, por lo que pone aquí demediar quiere decir «dividir una cosa en dos mitades». O sea, que sois dos mitades que formáis un único amor. Anda, que te suelta esos piropos y tú encima te preocupas.
—Jajajaja, jolín, tía, qué inculta soy a veces. ¡Gracias!
Nerea añadió un icono para enviar un beso virtual a su amiga. Sin embargo, Paula y él sabían que demediar tiene una tercera acepción.


Miguel Hernández García (Salamanca, 1982) ha trabajado como traductor, periodista y profesor, y participa en la coordinación del club de lectura Cósimo visita el distrito 12.