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martes, 15 de abril de 2014

EL VALOR DEL SILENCIO, por Vanessa Bou Pérez

EL VALOR DEL SILENCIO
Vanessa Bou Pérez

Cuarenta horas a la semana en la caja del súper. Doña Verborrea Desmedida no calla un segundo. Gasto mucho en paracetamol. Solo hablo conmigo.
—¿Visteis lo de las fotos del principio del universo? —pregunté la última vez que hablé.
—No, es que no soy de ver las noticias, y mira que dice Raúl que debería. Mi hijo sabe más que yo. Y es que  es lo que yo digo…
Y una hora de charla sobre la nada.
Un atracador irrumpió hace unas semanas.
—El dinero o me la cargo. —Apuntaba a Verborrea.
Me decía a mí. Habló de su hipoteca, sus famélicos hijos. ¡Qué jodido relato costumbrista! Pero por fin escuchaba otras voces.
—Abre la caja ya.
Me quedé paralizada y sin habla hasta que llegó la policía y un mediador, el Doctor Trelawney, el  único psiquiatra del pueblo. Solo repetía: «Cálmense». Medité sobre el posible resto de mis días. Doña Protagonista Locuaz contando su sufrimiento y lo que la gente le dice que debe haber sufrido y blablablá. ¡Antes la muerte! Me interpongo entre ella y el proyecto de ladrón. Increíble, la pistola del desgraciado es de plástico. 
—¡No dispare! Doctor, tengo una idea —he recuperado la voz, pero Trelawney no oye. Explica a los policías: «Podemos ver el típico patrón de comportamiento demediado que provoca el hambre».
Lleno cuatro carros, los saco al coche aparcado en la calle de atrás, con su mujer al volante y una niña. He hecho un buen trato.
Ayer mientras en la cinta rodaba la leche demediada entró un hombre con una media en la cabeza y una pistola.  Me apunta, se dirige al resto.
—El dinero o me la cargo.
Sé que su pistola es de plástico. Creo que me guiña un ojo. Le sonrío.


Vanessa Bou Pérez. Bióloga de estudios y profesión. Intento aprender a escribir para convivir y encariñarme con mis fantasmas, pero ¡qué difícil es escribir y qué fácil leer algo bien escrito!

viernes, 14 de marzo de 2014

EL ENEMIGO INTERIOR, por Vanessa Bou Pérez

EL ENEMIGO INTERIOR
Vanessa Bou Pérez

Nunca olvidaré el terror ante al primer golpe de la única paliza que recibí en mi vida. He sido incapaz de infligir daño físico a nadie, y a pesar de ello me rodeó una leyenda negra. Esto me favorecía, nadie me daba motivos para merecer mi castigo. Nunca debí sentar precedente permitiendo que mi socio y primo, Anselmo, se retrasara en el pago de las comisiones. Oí rumores sobre mi falta de autoridad y temía pagar caro ese descrédito en mi empresa. Así que decidí darle un escarmiento 2.0.
Pedir ayuda no resulta fácil…, sobre todo cuando la culpa es toda tuya. El correo electrónico lo empeora, pero un sujeto aparentemente serio ofrecía sus servicios a un módico precio. Intentando ser sutil escribí:
«La mejor manera de contactar con la persona de interés es a las tres de la tarde, al salir del restaurante familiar. Negocia mejor con el estomago lleno. Le aconsejo que su oferta no sea muy agresiva para no provocar su rechazo.»
El individuo parecía un aficionado. Respondió:
«Oye, no me queda claro. ¿Le asusto con una buena tunda, no?»
Esa noche no pegué ojo. El día siguiente Anselmo decidió ir a comer a casa. Otra noche sin dormir. El miércoles decidió probar un nuevo restaurante. El viernes ya no me mantenía en pie, así que lo cité donde siempre. Me agradeció la paciencia que tenía con su deuda. Pagué la cuenta y le dije que tenía que salir a recoger unas mercancías.
«Termina tu café tranquilamente. Te veo el lunes».

Me miró como si yo fuera una colilla o una silla vacía. Dijo: «Gracias por la comida. Si no me esperas tú a la salida del restaurante el lunes me verás con el mismo aspecto de hoy. Disfruta del fin de semana.»