Para conmemorar los 400 años que se cumplen desde la publicación del segundo volumen de "El Quijote de la Mancha" de Miguel de Cervantes, la editorial Playa de Ákaba y la Comunidad de Madrid organizan un nuevo club de lectura virtual dedicado a esta obra cumbre de las letras españolas. Bajo el título "Don Quijote de la Mancha: cuatro siglos desfaciendo entuertos, el club se iniciará el 16 de marzo y durará hasta el 29 de mayo. Durante ese tiempo, al igual que en los anteriores clubes virtuales, habrá preguntas para el debate, sesiones de chat, propuestas de escritura y una sesión presencial, que en esta ocasión se celebrará el 23 de abril, coincidiendo con el día del Libro, en la que se leerán fragmentos de la obra. El equipo conformado por Lorenzo Silva, Noemí Trujillo, Anamaría Trillo, Efraim Suárez y Miguel Hernández García volverá a gestionar la coordinación del club. El enlace en el que los usuarios pueden registrarse y participar es este:
Enlace al club de lectura "Don Quijote de la Mancha: cuatro siglos desfaciendo entuertos"
Blog de los clubes de lectura organizados por la editorial Playa de Ákaba.
miércoles, 11 de marzo de 2015
jueves, 11 de diciembre de 2014
QUERIDA TÍA, por Ignacio J. Dufour
Querida tía Pauline:
No se si te llegará esta carta, como las
que te envié desde el Marne.
Os echo mucho de menos. Esta situación de constante tensión, esperando un
ataque enemigo que nunca llega, es insufrible. Cada vez que oímos un camión
renqueando nos preparamos para atacar pensando que es un ataque enemigo. A mi
amigo Dupond le hicieron el
otro día un consejo de guerra por atacar con la bayoneta uno de los camiones.
Desde que estuvo a punto de morir por culpa de un tanque inglés, que atacó
nuestra trinchera, no ha vuelto a ser el mismo. Bueno no quiero aburrirte con
mis historias y tampoco tengo papel que desperdiciar.
Cada
noche me lamento de no haber podido estar junto a mis padres en su funeral,
para haberlos despedido como se merecían. Acuérdate el próximo uno de noviembre
de llevarles flores en mi nombre, ya que temo que no tenga un permiso en esas
fechas.
¿Cómo
se encuentra el tío Édouard?
Espero que ya esté recuperado de la anemia. Deberías dejar de mandarme tanta
comida, ya que sé que os la quitáis de la boca con buena intención, pero no me
gustaría saber que ponéis vuestra salud en peligro para que yo tenga un poco
más de comida que encima no suele llegar en las condiciones que debiera.
Me
alegró saber por tu carta del 15 de septiembre que la pequeña Sylvie ya ha dado sus primeros pasos, aunque
hayan terminado con un pequeño chichón. Que Alain esté sacando muy buenas notas
en el colegio y que os ayude a sacar adelante la familia trabajando por las
tardes de recadero en la tienda de la señora Beaufort, como yo a su edad. Que
el tío Marcel haya entrado a trabajar en la Citroën de la calle Javel como
embutidor. Y todas las buenas noticias que incluía tu carta.
Echo
de menos jugar con el pequeño Roland,
el hijo de la lechera que murió el año pasado; su hermano René; el pequeño André, el hijo del zapatero, y con mi querido
Jean Pierre. Recuerdo cómo
venía mamá a buscarme cada vez que habíamos hecho alguna trastada. El olor a
vaca y leche recién ordeñada que desprendía Roland, el olor a cuero de André y todos los olores de nuestro barrio. Esa
vida sin obligaciones, que parece que ha pasado hace una eternidad y no hace ni
una década de ello.
Ya
sabes que cada vez que recibo una carta tuya o de la familia es una alegría y
que me viene mucho mejor que cualquier otra cosa que me mandéis. Como verás
casi no me queda espacio para escribirte, por lo que en cuanto consiga más
papel te volveré a escribir.
Tu
sobrino que te quiere,
A.
Rostand
Ignacio J. Dufour García (Madrid, 1984). Ingeniero Industrial y
voraz lector, durante muchos años leí todo lo que me cayó en las manos.
Aficionado a los clubes de lectura en donde me volvió a picar el gusanillo de
escribir después de un grato encuentro con el autor del libro que estábamos leyendo.
sábado, 29 de noviembre de 2014
QUERIDO ALBERT, por Ángel Lara Navarro
Querido Albert:
Siempre es una
alegría recibir noticias tuyas. Cuando se acerca el cartero con un sobre del
frente en la mano, la ilusión y la esperanza luchan con el miedo en unos
instantes que se dirían eternos. No sabría describirte la inmensidad del alivio
que me recorre cuando adivino tu letra en el papel.
Sin
embargo, cada palabra que leo me aleja más y más de ti. En los primeros
párrafos, esa ilusión y esa esperanza permanecen intactas, pero poco a poco el
desencanto se abre camino, y si consigo llegar al final, lo hago con la
frustración y la rabia inundándome los ojos.
¡Cuán
obtusos y egoístas podéis llegar a ser los hombres! Mientras vosotros estáis
ahí, en retaguardia, ni imagino cuántos días recuperándoos de uno solo de
batalla, tu madre y yo estamos aquí, luchando cada minuto, sin descanso ni
tregua, para conseguir un mísero trozo de pan ácimo que llevarnos a la boca, o
recogiendo papeles para no morir congeladas. Ya podríais enviarnos a vuestro
cocinero con lo que os sobra de las trincheras... o con lo que les sobre a las
ratas. Tendrías que ver el estado de desnutrición en el que se encuentra tu
madre, ni fuerzas para criticarte le quedan ya, y eso que aún tengo la decencia
de darle parte de mi ración.
Aquí
no cantamos marchas, ni tenemos médicos que nos ayuden. En realidad nadie se
ayuda. El frío y el hambre nos están consumiendo, bastante tenemos con
ayudarnos a nosotros mismos. Y no, tampoco tenemos jóvenes, ni nuevos ni
viejos. Lo único que nos mandáis de vuestra heroica lucha son mutilados a los
que mantener, pues no tienen capacidad ni fortaleza suficiente para encargarse
ni de ellos mismos. Pero vosotros cantad; cantad, fumad y haced dibujos, no
tengáis prisa por echar a los malditos boches... si dejáis pasar el
tiempo suficiente acabaréis haciéndoos amigos.
¡Y
para terminar me dices que te van a fusilar por caerte a un cráter de obús!
¿Ahora os matáis entre vosotros en lugar de matar a los boches? ¡Que le
diga a tu madre que te han hecho teniente, o mejor, capitán! Querido Albert,
jamás lo creería. Dejad de jugar a soldaditos mientras aquí nos morimos de
hambre y de frío, y acabad con esos malnacidos. Echadles de una vez de aquí o
vuelve a tu casa a cuidar de tu madre, necesita a alguien con ella y a mí no me
quedan ganas.
Cécile
miércoles, 26 de noviembre de 2014
HOY HACE UN AÑO, por Agustín Sauto
Frankfurt der Öder, 22 de octubre de 1919
Estimada
Fraü Döblin:
La
remito, junto a esta la última carta que su marido Ernst le escribió desde el
frente, hace hoy un año. Espero que sepa disculpar mi tardanza en dirigirme a
Ud., pero me ha sido imposible hacerlo antes: el miedo a la censura militar
primero y mi posterior estancia en el hospital después me lo impidieron.
El estado del papel es lamentable, como puede
comprobar, por la humedad, la mala calidad y… las manchas, y es posible que no
pueda leerla; por eso me permito transcribirla, pues la copié en mi diario a
los pocos días de tenerla en mis manos como precaución ante el riesgo de su
pérdida y, bueno, porque apreciaba a Ernst; espero que me disculpe esa
licencia.
«Helga,
querida:
Esto
es... Cada tres segundos una explosión, un obús... y van tres días seguidos con
sus noches; las explosiones nos roban el aire y la presión nos oprime los
pulmones, el corazón, hasta dejarnos al borde de la inconsciencia… otra más…
otra. Estamos pegados a la tierra, a una tierra que se mueve constantemente que
nos arrastra en su temblor, los paramentos se desmoronan, y sin embargo
seguimos pegados a ella, es la mejor protección que tenemos en este infierno;
el refugio de la tierra y no vamos ni a las letrinas. El olor a excrementos, a
pises, se une al del sudor, al del miedo, al de los restos de comida, y al de
los restos de los camaradas muertos, el hedor es…
…
el olor de tus cabellos recién lavados, el de tu cuerpo recién bañado, solo el
olor a limpio, a jabón, el olor de tu piel suave, y el leve toque de lavanda y
de trigo maduro el último día de verano que pasamos juntos… ¡Aaah!…
…
y otra… y otra más… no paran, no paran… El estruendo es ensordecedor, todo es
ruido, ruido, no hay silencio en el frente. Al ruido de las explosiones, de las
bombas, de los aviones, se une el de la tierra al quebrarse, el de los árboles
al reventar, los fortines al caer y los gritos que no cesan, de los mutilados,
de los heridos, los estertores, los sollozos, las órdenes…
…
el murmullo de tu “Te amo” susurrado en mi oreja, tendidos a la orilla del
Spree cuyas aguas lamen suavemente las riberas, con un monótono y adormecedor
acorde; la brisa que juega entre las ramas de las hayas y los tilos; la
chicharra y el lejano rumor del violín y el acordeón animando el baile en el
Biergarten…
…
más y más… y más…, las bombas, los obuses, la metralla silba, las astillas de
los árboles al ser destruidos vuelan y buscan y encuentran nuestra cuerpos, los
de los míos, que se desploman, reviertan, se evaporan; manos, brazos, trozos de
carne, de huesos, en todas partes en las alambradas, en la trinchera; visión
apocalíptica…
…
¡estás aquí, mi amor! ¡Has venido! Tu cabello castaño está un poco despeinado,
te acabas de zafar de mi caricia, y la sonrisa se abre, picara, en tus labios.
Llevas la blusa azul y la falda blanca que te estrenaste el día de tu
cumpleaños. ¡Qué bien te sienta! Tus ojos brillan, en una mirada que promete la
alegría de mi vida. ¡Estás aquí mi amor! y yo soy feliz…»
Cuando
sonó el silbato que nos llamaba al combate Ernst no se movió. Estaba con una
mirada fija en el papel, la boca formando una sonrisa, una expresión de
felicidad en la cara. El sargento le zarandeó una y otra vez, le grito, le
insultó, pero Ernst siguió quieto, con su feliz mirada perdida, aferrado al
papel. Llegó el subteniente y dijo que el ataque no podía pararse por la
aptitud de un cobarde que quería eludir su deber, manchaba su uniforme y era un
mal ejemplo para la tropa y… bueno, rápidamente hizo lo que en aquel tiempo de
pánico y desesperación se suponía que debía de hacer un militar. Yo cogí la
carta de sus manos y eche a correr, con los otros, al combate contra los
franceses.
Quedo
con Ud. en el recuerdo de Ernst, y me pongo a su disposición.
Besa
a Ud. la mano
Helmutt
Müller
martes, 11 de noviembre de 2014
ESTIMADO PADRE, por Ángel Lara Navarro
Estimado padre:
Le escribo esta carta
para despedirme de usted. Cuando lea estas líneas, estaré muerto. No se
entristezca, le aseguro que es la decisión más meditada de mi ya acabada vida.
Más adelante lo entenderá. Cuando el dolor se atenúe, difuminado con el paso de
los días, se sentirá
orgulloso de mí.
Seguramente ya habrá recibido la versión oficial, en estos casos la
burocracia es más rápida que el
estraperlo. Todo falso. Mi muerte no fue la de un héroe, al menos no la
de lo que ellos entienden por héroe. No me abalancé sobre el enemigo y di mi
vida por mi Patria. Me abalancé sobre el hijo de puta más grande que
jamás he conocido, solo que el destino quiso que llevara mi mismo uniforme.
Caeré bajo fuego amigo: me verán sin comprender, y me abatirán. Quizá,
eligiendo cuidadosamente el momento, se quedarían petrificados, y ganaría unos
segundos que salvarían mi vida, pero que no me librarían del Consejo de Guerra.
No merece la pena, prefiero morir aquí, sin aspavientos ni humillaciones, sin
rencores.
La vida en la trinchera es muy dura, acabas volviéndote loco. Días y
días esperando y temiendo una batalla. Llega: sales, atacas, matas, sobrevives
y vuelves. La rememoras una y mil veces, mil y una pesadillas, hasta que logras
encerrarla, y entonces esperas y temes la siguiente.
Las ratas, las malditas ratas. Las miro una y otra vez, pero no consigo
odiarlas. Las veo huronear, agazapadas entre los despojos, cobardes. Y no les
veo a ellos, a nuestros
enemigos. Veo a mis compañeros, repugnantes cobardes sin dignidad ni
arrojo. Sí, padre, cobardes, como yo. Porque no estamos aquí defendiendo nada.
Nuestras casas, nuestros campos, nuestras familias están lejos, a salvo. Pero
las suyas no. Somos nosotros las alimañas que venimos a rapiñarles. Pero ¿por
qué? ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué hemos venido?
La respuesta es tan triste y repetitiva como obvia: por cobardía. A un
tipo siniestro y ambicioso se le ocurrió que podría ser más poderoso si controlase esta parte del
mundo. El coste, irrisorio: unas cuantas monedas de plata y unos miles de vidas
ajenas. La Patria como excusa. Y a otros pocos tipos siniestros y ambiciosos
se les ocurrió que podrían medrar a su abrigo. Y a varios miles de cobardes
vidas ajenas no se les ocurrió la manera de decirles que no, que no matarían a
personas desconocidas, que no destrozarían familias enteras, que no arrasarían
cosechas... Porque entonces les llamarían cobardes, incluso podrían matarles
por ello.
Y ya aquí, algunos, peores que las ratas, decidieron ensañarse. Y
algunos, peores que alimañas, disfrutan haciéndolo. Así que mañana moriré, no
merezco seguir vivo... pero no esté triste, padre, sepa que uno de ellos, tal
vez el peor de todos, morirá conmigo.
Cuide de madre y de Elenita, necesitan de su fortaleza. Yo les estaré
esperando arriba. Pero no tengan prisa, padre, tengo mucho en qué pensar.
Siempre suyo.
LA DESPEDIDA DE UN HOMBRE DESILUSIONADO, por Juan Manuel Sánchez
Mi amor:
Si estás leyendo
esta carta es que he muerto y alguien se ha encargado de cumplir mi última
promesa. Espero que no te tomes a mal este último acto de vanidad y de mal
gusto. De todos modos, en estas circunstancias no me queda más que una
intervención del azar para que llegue hasta ti mi relato de los hechos antes
que una nota del ministerio sobre mi heroica muerte en acto de servicio.
Créeme: no somos los buenos.
Mañana nos
envían a luchar al frente, a enfrentarnos a un enemigo aún sin rostro ni voz,
pero que seguro nos espera armado y sediento de venganza. Ese enemigo no nos
odia por nuestras ideas o por nuestros orígenes, como nosotros a ellos, sino
por nuestros actos: hemos quemado sus campos, matado a sus hijos, violado a sus
mujeres…
Yo nunca haría
eso, créeme, pero soy cómplice de todas esas atrocidades al no impedir que se
perpetrara tanto mal entre gente inocente. Ahora pienso que fue un error seguir
esas órdenes, y muchos de mis compañeros están de acuerdo conmigo, pero muchos
más han preferido escudarse en la obediencia debida para saciar un hambre
malsana, y nos han arrastrado a una insensata pelea.
Esta guerra nos
ha convertido en salvajes, y ahora vamos a una batalla que parece crucial
contra unos vecinos pacíficos a quienes odiamos por algo que ya se nos ha
olvidado, si acaso lo supimos alguna vez.
Ahora que puede
estar cerca el fin, no pienso en mi muerte, ni en el dolor de los míos, sino en
cómo vengará su odio sobre mi cuerpo el soldado que me mate. ¿Acribillará mi
vientre, me rematará a patadas, me escupirá? ¿Qué hará con mi cadena de oro o
con mi pitillera? ¿Registrará mi cartera, romperá tu foto, se reirá de tu
dedicatoria?
Solo me queda
esperar de la persona que me mate, que borre su odio y te mande esta carta para
que no pienses que morí como un héroe. Nuestro hijo debería aprender a
diferenciar entre el bien y el mal.
Siempre,
Tu amor
CARTA, por Sabela Latas
Esta es la carta
que no pude escribir desde la trinchera en la que salvé mi vida. La redacto muchos años después, para que mis
nietos sepan por qué jamás he querido hablarles en vida de los muertos que
maté, de la fría miseria que nos rodeó en el conflicto, o de la negrura en que
se convirtió el rácano mundo que veíamos tras una mirilla.
Yo soy campesino. Así nací y así es como voy a
morir, por fortuna. Aquel paréntesis guerrero al que me arrojó, encañonado
junto a otros vecinos, un camión de militares por la fuerza no me hizo perder
la fe en la paz, ni en el hombre, aunque sí en muchos hijos de puta
particulares. Por eso, cuando alguna vez me han preguntado después cómo he
tenido una prole en mitad de una tierra devastada, he respondido que porque en
la contienda murieron más que demasiados hombres, y que porque la vida solo se
paga con vida, si es que hay manera alguna de abonar esa deuda.
Yo fui cocinero en el frente. Hacía el rancho
para la tropa y hasta flanes con bolas de caramelos de colores las escasas
veces en que había postre, solo para oficiales. Eso sí se lo relataba a mis
críos siempre que me pedían —mientras tomaba mi achicoria y liaba mi cigarro de
picadura— que les contase alguna batalla, aunque en casi todas las ocasiones se
repitiesen las historias de marmitón variando platos e ingredientes. Eso, y lo
de la trinchera...
Juro por la tumba de mis padres que salí de aquel
agujero en Verdún cagado de miedo, mojado de lágrimas, y apesadumbrado por no
haber podido convencer a los otros compañeros de que me siguieran. Pero, sobre
todo, famélico de dos días. Sí, el hambre que nos acompañaría a tantas y tantas
generaciones de europeos empobrecidos fue quien me azuzó la mente y las tripas
para salvarme el pellejo. Y aunque a ellos la dama de caninos afilados los
tentó como a mí con el sueño de salir corriendo desarmados entre ráfagas densas
de metralla y alcanzar la retaguardia donde estaba el avituallamiento, sin
embargo, les pudo más el miedo. Y se quedaron allí dentro para siempre, con la
boca negra abierta, sin poder pegar un tiro que no tenían ni mover un pie
cuando llegó el estallido de mortero.
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