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jueves, 7 de mayo de 2015

LA INTENCIÓN, por Miguel Hernández García

Los jugadores se arremolinaban alrededor de los dos hombres vestidos con un viejo traje deportivo de riguroso color negro. En la grada, unas cuarenta personas se agolpaban tras una valla oxidada que no ponía demasiado empeño en frenar el ímpetu de la multitud. El árbitro asistente de la banda derecha se dirigió al colegiado principal.
—Alonso, ¡estás loco! ¿Cómo se te ocurre pitar ese penalti?
—Yo sanciono lo que entiendo que es justo sancionar, Sancho.
—¡Si no le ha tocado! —el asistente se desgañitaba mientras miraba de reojo a la turba que se iba conformado detrás de él.
—Iba con la intención de tirarle al suelo y para mí eso es lo que cuenta.
—No te metas a juzgar intenciones, Alonso, que las de esta gente de la grada no son precisamente muy buenas. Ya saben dónde he aparcado mi coche y no quiero que le pase nada.
—Para eso están los seguros, Sancho, no te preocupes por eso. Nosotros estamos aquí para impartir justicia.
—Venga, pues que tiren el penalti y que sea lo que Dios quiera. Pasarán cuatrocientos años y este hombre no cambiará…

lunes, 20 de octubre de 2014

EN MEDIO DE LA NADA, por Miguel Hernández García

Querida Miriam:
Te escribo otra carta que, como las anteriores, no sé si será la última. En realidad aquí nunca sabes cuándo será lo último de nada, porque todos suponemos que el final está infiltrado entre nuestras tropas, aunque solo algunos tienen la desgracia de desenmascararlo. Ya sé que apenas tienes edad para balbucear y que aún tardarás en aprender a leer. Sin embargo, somos lo que hacemos, y decir y escribir también es hacer. Si no regreso, nunca sabré cómo me imaginarás, así que al menos quiero dejarte estas palabras para ayudarte a que traces parte de mi perfil mientras mi mente te esculpe en silencio. En realidad no tengo nada más que dejarte, ya que, si muero antes de volver, no creo ni siquiera que os llegue una mota de las cenizas que conformarán ese cuerpo derruido en el que me habré convertido.
Nunca he aspirado a ser un buen narrador, y ni siquiera si lo fuera podría contarte novedades sustanciales con respecto a mis cartas anteriores. Aquí, incluso en los días en los que hay más acción y movimiento, la nada termina por devorarlo todo. Paradójicamente, ese parece ser nuestro objetivo y el de quienes pelean contra nosotros: conseguir que la nada termine imponiéndose a todo.
A veces pienso que, en algunas cosas, vivimos una vida en la que experimentamos sensaciones parecidas. El dolor, el hambre, el frío… ambos nos hemos visto obligados a convivir con ello al habernos encontrado de buenas a primeras en un entorno muy distinto a aquel que nos otorgaba una placidez envidiable solo unos meses atrás. La diferencia entre nuestras hambres, nuestros dolores y nuestros fríos es que, si me lo permites, los míos se ven agudizados por el peso de lo incomprensible. Tú aún tardarás en reconocerlo, pero aquí los que dan órdenes desde cuarteles protegidos y los que las ejecutamos entre barro, sangre y alambre de espino solo nos diferenciamos en los años que se tienen ahorrados en el zurrón de los párpados.
Por eso te escribo, porque aquí la recompensa no es la victoria sino el tiempo, ese que, si consigo volver, emplearé en demostrarte que esto no sirve para nada, que solo vivir sirve para algo, que si muero nunca aceptes que digan que fui un héroe, como tampoco quiero que lo admitas si logro sobrevivir. En la guerra no se es víctima, ni mártir ni verdugo, porque en el momento en el que te atrapa comienzas a no ser nada. Ojalá te pueda ver crecer pero, si eso no sucede, solo te ruego una cosa: no dejes nunca de ser, Miriam.


Tu padre

viernes, 14 de marzo de 2014

PRIVADA, por Miguel Hernández García

PRIVADA
Miguel Hernández García

«Usted es un problema que no tengo que resolver. Pero el problema está ahí.»
Philip Marlowe a Terry Lennox. Capítulo 2 de El largo adiós de Raymond Chandler.
(Frase modificada levemente para este relato).

No puedo decir que sea uno de tantos, porque en realidad no hay tantos. Yo, que me metí en este trabajo pensando que era un negocio boyante, me encuentro con que, como en todos, el listón de la competencia suele estar más alto que el de la dignidad. Así que aquí me tiene otra tarde más, contoneándome desnuda y maniatada por su tosca mirada en este metro cuadrado que ha convertido en mi prisión.
Por las mañanas, cuando vago libre de su vigilancia, pienso que él es un problema que no tengo que resolver, pero el problema está ahí. Ya se lo he comunicado a quien podía hacer algo, y prefiere no actuar ante uno de sus más beneficiosos clientes.
La única respuesta es dar carta de naturaleza a sus comportamientos, justificándolos bajo un manto de sadismo permisible. Sin embargo, estoy harta de complementarlo con este masoquismo que nació fingido y ha terminado por crecer real. Cuando me preguntan no me deja contestar, con lo que ha conseguido que sea exclusivamente suya.
Mientras me planteo cuánto puedo seguir con esto ya se ha conectado automáticamente, y noto cómo me perfora a través de la ínfima lente de mi webcam.

—Hola cariño. Claro que estoy sola para ti. ¿Dónde quieres los golpes hoy?

jueves, 13 de marzo de 2014

DEFINICIÓN, por Miguel Hernández García

DEFINICIÓN
Miguel Hernández García

El silbido del pajarito instó a Paula a mirar la pantalla de su móvil. Era, otra vez, Nerea.
—Tía, me ha mandado un mensaje que no entiendo muy bien. Como es medio italiano a veces usa palabras que no conozco.
—A ver —Paula suspiraba mientras respondía—, ¿qué te ha puesto?
—Dice que nuestro amor está demediado.
—¿Demediado? Espera que lo busco, que yo tampoco lo tengo claro.
Con apenas teclear la palabra encontró la definición en un diccionario online. Acto seguido procedió a informar a Nerea.
—Tranqui, por lo que pone aquí demediar quiere decir «dividir una cosa en dos mitades». O sea, que sois dos mitades que formáis un único amor. Anda, que te suelta esos piropos y tú encima te preocupas.
—Jajajaja, jolín, tía, qué inculta soy a veces. ¡Gracias!
Nerea añadió un icono para enviar un beso virtual a su amiga. Sin embargo, Paula y él sabían que demediar tiene una tercera acepción.


Miguel Hernández García (Salamanca, 1982) ha trabajado como traductor, periodista y profesor, y participa en la coordinación del club de lectura Cósimo visita el distrito 12.