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jueves, 7 de mayo de 2015

LO QUE ACONTECIÓ A ALFONSO Y A ANCHÓN CON LOS FARANDULEROS, por Milagros Arranz

La noche tronaba con el bullicio de unas motos. Quejáronse los vecinos mil veces de tal algarabía nocturna que a menudo condenábales a la vigilia. Alfonso era alto y enjuto, diríase que en los huesos. Gustábale leer en exceso y encontrábase siempre perdido en medio de fantasías, quizá inalcanzables. Puso los ojos en una bella joven del instituto, Azucena, mas ella ignoraba su existencia.
            Su amigo Anchón, apodado así por su complexión oronda, era poco hablador y sonriente.
            — ¿Sabes? Algún día, todos conocerán mi nombre —decíale Alfonso—. Ayudaré a la gente necesitada y mejoraré el mundo.
            Una tarde, andaba absorto en sus pensamientos cuando una insólita imagen nubló la razón de Alfonso. Ante sus ojos, un nutrido grupo de actores ataviados con ropajes militares de un siglo antes y provistos de fusiles arcaicos, apuntaban a un hombre en camisa, con los brazos en alto y los ojos clavados en el cielo, rodeado de otros míseros rostros que imploraban compasión.
            Presto, Alfonso se apeó de la moto con el aplomo de los valerosos caballeros e irrumpió en la escena bélica lanzándose sobre los emblemas castrenses,  emprendiéndola a golpes contra ellos, guiado por el azar. Los faranduleros, que lo superaban en número y en fuerza física, multiplicaron por mil los golpes que él propinaba. 
            A Anchón, pávido al principio, apenas diole tiempo de cavilar sobre tamaña majadería y corrió a enmendar el entuerto, mas los ofendidos no cesaron inmediatamente, sino al cabo de un rato, cuando solo se oían los quejidos de Alfonso.
            Fatigado por el suceso, uno de los actores le tendió una botella de agua.
            — Doy gracias al cielo por la merced que me hace, caballero —masculló el herido y vínole a la memoria los consejos de su padre acerca de sustituir la violencia por cabales razones que eviten la lucha.

viernes, 14 de marzo de 2014

QUERIDO AMIGO, por Milagros Arranz

QUERIDO AMIGO
Milagros Arranz

«¡Imaginen el shock, la desesperación, la terrible soledad que debe haber seguido a aquel espantoso desastre! Y ahora ella se ha reunido con él en la amargura de la muerte. ¿Se gana algo con turbar las cenizas de los muertos? ¿Algo, amigos míos, fuera de la venta de algunos ejemplares de un periódico desesperado por aumentar su circulación? Nada, amigos, nada. Dejémoslo como está.»
El largo adiós, de Raymond Chandler

Tras el enter todo se llenó de calma. En poco tiempo, la imagen de Víctor Sanz aparecería en todos los medios de comunicación digitales por el asesinato de su amigo Carlos Álvarez, como presunto culpable. Todo había comenzado como una broma en las redes sociales, pero a este lo encontraron muerto en su piso de la calle del Ángel, como consecuencia de un golpe certero en la cabeza, desnucado. Él no sabía nada; de hecho, esa tarde no había salido de su casa, así que tampoco tenía coartada. La misiva en Facebook rezaba, escuetamente: «Te voy a matar, cabrón; eso no se me hace a mí», refiriéndose a la estupenda tarde que Carlos pasó con dos guapísimas chicas a solas, porque el finado, víctima de una gastroenteritis, no pudo asistir. Este, loco de contento, le mandó a su amigo el irónico aviso, que se convirtió en una amenaza a la vista de los doscientos cuarenta y siete amigos que ambos compartían en las redes sociales.
Ante la noticia, las verdaderas advertencias intimidatorias de familiares y amigos del desafortunado contra él empezaron a sucederse, gradualmente, cada vez más frecuentes. Al cabo de tres horas, el icono de mensajes privados lucía un número considerable de avisos en su ordenador, pero no quiso clickear para abrirlo.
Apagó la pantalla, abatido. Se acercó a la ventana y estuvo un rato mirando a la gente que paseaba, abajo, ajena al dolor que se vivía en el décimo piso del edificio, acompañado del estrépito del tráfico. Se asomó. El cuerpo de Víctor voló durante dos segundos; tal vez, tres. Un golpe seco contra la acera le envolvió en la oscuridad.
La misma patrulla de policía que se había personado para detenerle avisó a los sanitarios, que solo pudieron certificar su muerte.