lunes, 20 de octubre de 2014

EN MEDIO DE LA NADA, por Miguel Hernández García

Querida Miriam:
Te escribo otra carta que, como las anteriores, no sé si será la última. En realidad aquí nunca sabes cuándo será lo último de nada, porque todos suponemos que el final está infiltrado entre nuestras tropas, aunque solo algunos tienen la desgracia de desenmascararlo. Ya sé que apenas tienes edad para balbucear y que aún tardarás en aprender a leer. Sin embargo, somos lo que hacemos, y decir y escribir también es hacer. Si no regreso, nunca sabré cómo me imaginarás, así que al menos quiero dejarte estas palabras para ayudarte a que traces parte de mi perfil mientras mi mente te esculpe en silencio. En realidad no tengo nada más que dejarte, ya que, si muero antes de volver, no creo ni siquiera que os llegue una mota de las cenizas que conformarán ese cuerpo derruido en el que me habré convertido.
Nunca he aspirado a ser un buen narrador, y ni siquiera si lo fuera podría contarte novedades sustanciales con respecto a mis cartas anteriores. Aquí, incluso en los días en los que hay más acción y movimiento, la nada termina por devorarlo todo. Paradójicamente, ese parece ser nuestro objetivo y el de quienes pelean contra nosotros: conseguir que la nada termine imponiéndose a todo.
A veces pienso que, en algunas cosas, vivimos una vida en la que experimentamos sensaciones parecidas. El dolor, el hambre, el frío… ambos nos hemos visto obligados a convivir con ello al habernos encontrado de buenas a primeras en un entorno muy distinto a aquel que nos otorgaba una placidez envidiable solo unos meses atrás. La diferencia entre nuestras hambres, nuestros dolores y nuestros fríos es que, si me lo permites, los míos se ven agudizados por el peso de lo incomprensible. Tú aún tardarás en reconocerlo, pero aquí los que dan órdenes desde cuarteles protegidos y los que las ejecutamos entre barro, sangre y alambre de espino solo nos diferenciamos en los años que se tienen ahorrados en el zurrón de los párpados.
Por eso te escribo, porque aquí la recompensa no es la victoria sino el tiempo, ese que, si consigo volver, emplearé en demostrarte que esto no sirve para nada, que solo vivir sirve para algo, que si muero nunca aceptes que digan que fui un héroe, como tampoco quiero que lo admitas si logro sobrevivir. En la guerra no se es víctima, ni mártir ni verdugo, porque en el momento en el que te atrapa comienzas a no ser nada. Ojalá te pueda ver crecer pero, si eso no sucede, solo te ruego una cosa: no dejes nunca de ser, Miriam.


Tu padre

MI ADORADA CÉCILE, por Luisa Gil

Mi  adorada  Cècile:
Ansío el momento de descanso para poder escribirte. No puedes imaginar el orgullo que siento por haberme incorporado al frente de batalla para luchar por Francia. Hoy estoy en retaguardia, esperando impaciente el momento en que nos movilicen a la primera línea. Estoy en una compañía de ciento cincuenta entre soldados y oficiales, la mayoría jóvenes como yo. El tiempo pasa rápido porque tenemos muchas actividades a lo largo del día y en los momentos de descanso podemos escribir, jugar a las cartas o, hacer dibujos de la vida aquí.
Si pudieras ver con tus ojos el maravilloso entorno que nos rodea…¡Y pensar que nos lo quieren robar esos malditos boches! Pero descuida y no te preocupes porque no se lo consentiremos. Nosotros estamos bien protegidos en trincheras que cavamos para ocultarnos del peligro y donde tenemos todo lo que necesitamos. ¡Hasta el cocinero se acerca con la olla para darnos de comer! Cuando estamos más cansados y sentimos que flojea nuestra entereza, cantamos a coro marchas que nos hacen salir el corazón por la garganta.
Por las noches, vemos bengalas que cruzan los cielos iluminando el horizonte y sabemos que pronto podremos regresar y podré abrazarte. Dile a mi madre que puede estar orgullosa de su hijo amado y que siga enviándome tabaco ya que va escaseando. Si te cuentan que en la batalla del Somme ha habido muchas bajas y heridos, no te apures querida Cécile, porque hay buenos médicos y enfermeras que, pacientemente, van atendiendo a los heridos que se recuperan sin dificultad.
Yo mismo he sido atendido de una herida que me ha fastidiado un poco, pero, gracias a mi querido amigo Edouard, ya estoy recuperado. Ahora tengo grandes planes para la vuelta. Estoy dándole vueltas a una idea que tengo y que te contaré más adelante cuando esté más madura.
 Acaban de pasarme el periódico de trincheras que escribimos en el frente cada semana. Te aseguro que es un gran trabajo, tanto por los artículos que nos hacen reír o soñar como por los dibujos, algunos de gran calidad a pesar de los escasos medios con que contamos. Hoy trae buenas noticias. Parece que acaban de reclutar más jóvenes para esta compañía, lo cual siempre es bienvenido aquí. Porque ya quedamos solo treinta. Ayer hubo una terrible masacre. ¡Esos demonios de boches! Estoy hasta las cejas de barro. Barro sucio y pútrido que me provoca nauseas al respirar. Dormimos encima de los muertos para protegernos de las mordeduras de las ratas. Y yo, con la pierna entablillada. Quieren que avancemos a cuerpo descubierto ante una línea de cañones que no cesan de disparar. Mil toneladas de proyectiles de artillería al día. Toda la tierra está muerta y herida. Llena de cráteres en los que  si caes ya no puedes salir y eso si aún respiras. Carrera hacia una muerte segura. Esto no es lo que nos habían contado. Esto no es lo que nos habíamos imaginado. Muchos de los soldados se pasan el día tiritando o llorando y gritando o son presa de convulsiones incontroladas. Y cuando llega el gas… es lo que más tememos. Ese gas que te quema los ojos y los pulmones. Esto es un verdadero infierno. No puedo imaginar nada peor. No lo soporto más. Ayer me caí en el cráter de un obús y han pensado que quería esconderme, aunque creo que alguien me empujó. El caso es que me han llevado a juicio. Así que serán las balas de mis propios compañeros y compatriotas las que acaben con mi vida. Qué más da.
Te quiere tú siempre enamorado Albert. 

PD.- Te pido un grandísimo favor: Dile a mi madre que me hicieron teniente. No, mejor, capitán.

sábado, 4 de octubre de 2014

Nuevo club de lectura sobre la I Guerra Mundial

Tras las buenas experiencias anteriores, la editorial Playa de Ákaba y la Comunidad de Madrid organizan un nuevo club de lectura para este otoño, dedicado a dos novelas relacionadas con la I Guerra Mundial, de cuyo inicio se cumplen 70 años en 2014. En el club, que se inicia el 6 de octubre y terminará el 22 de diciembre, se comentarán las novelas "Nos vemos allá arriba" de Pierre Lemaitre y "Sin novedad en el frente" de Erich Maria Remarque. Habrá área de debate, chats y los usuarios tendrán la posibilidad de enviar sus propios relatos de acuerdo con las propuestas que surjan. Como en anteriores ocasiones, el club estará coordinado por Lorenzo Silva, Noemí Trujillo, Anamaría Trillo, Efraim Suárez y Miguel Hernández García. El enlace en el que los usuarios pueden registrarse y participar es este:

Enlace al club de lectura "1914: el año que cambió el mundo"

lunes, 9 de junio de 2014

"El doctor Trelawney" en descarga gratuita

En la web de la editorial Playa de Ákaba ya está disponible el libro "El doctor Trelawney", realizado con los relatos escritos por algunos de los participantes en el club de lectura online "Cósimo visita el distrito 12", realizado por Playa de Ákaba y la Comunidad de Madrid entre el 1 de marzo y el 31 de mayo del 2014. En el club se trataron las tres novelas que componen la trilogía "Nuestros antepasados" del escritor italiano Ítalo Calvino.

Descarga gratuita de "El doctor Trelawney"

miércoles, 21 de mayo de 2014

NO SÉ QUIÉN SOY, por Rosa García Calleja

NO SÉ QUIÉN SOY
Rosa García Calleja

Los días soleados no me gustan. Prefiero que llueva y que haga mal tiempo, así la gente no sale a pasear por el campo. Estoy cansada de escuchar a los niños preguntar:
—Mamá, ¿eso qué es?  ¿Un melocotón o una ciruela?
Lo cierto es que ni yo sé quién soy.
Supongo que soy una fruta demediada, es lo que tiene nacer nectarina.
Mis amigas, la fresa, la pera y la manzana me dicen que no me preocupe, que busque lo bueno de ser dual, pero yo las envidio, debe ser relajante tener una personalidad bien definida como ellas. Yo necesito ser como los demás, de veras que lo necesito.
Mi vida se ha convertido en una pesadilla.
Llevo varios días vigilando el suelo. Estamos en tiempo de polinización y la tierra se va alfombrando con una especie pelusilla; si yo pudiera caer y revolcarme en ella podría tener la piel tan aterciopelada como el melocotón. Siempre he deseado ser uno.
Me balanceo con fuerza, a ver si tengo suerte y caigo. A lo lejos veo una familia que se va acercando, no quiero escucharlos de nuevo, seguro que los niños se paran ante este árbol, siempre lo hacen y  solo para preguntar que qué fruta soy. Estoy harta. Oigo un crujido. ¡Qué bien! La rama que me sostiene parece que se vence. Cuando apenas faltan unos metros para que lleguen, se rompe del todo  y desciendo en caída libre. ¡Qué divertido! Qué sensación tan placentera, me da cosquillas en el estómago. Está tan mullido que al topar con el suelo apenas me hago daño. Doy vueltas con alegría y toda mi piel se cubre de una fina capa de vello.
La familia ya está muy cerca,  entonces escucho pletórica de felicidad cómo el niño dice:
—Mira, mamá, se ha caído un melocotón.

Rosa García Calleja. Nacida en Barcelona. Psicóloga y funcionaria de Ayuntamiento. Me han publicado varios relatos en seis libros de antologías. Ganadora de concurso “Más cuentos que Calleja”, finalista en el concurso organizado por Latin Heritage Foundation, ganadora de uno de los premios del concurso “el relato más corto del verano”, finalista en el Premio Internacional de narrativa femenina Bovarismos. 

lunes, 12 de mayo de 2014

HEMISFERIOS, por Anamaría Trillo

HEMISFERIOS
Anamaría Trillo

Como todo el mundo tengo el cerebro demediado. Dos hemisferios dictan mis actos, algunos plenamente diestros y otros, absolutamente siniestros.
Mi hemisferio diestro rige mi manejo de los cubiertos en la mesa, la fuerza y precisión con la que coloco la bola en mis amistosos de tenis, el trazo de mis letras y la virtud o demérito de mis palabras. 
Mi hemisferio siniestro es diferente. No hace nada a derechas. Se pasa las horas trazando planes para estropear cualquier esfuerzo de mi lado diestro. Mi mitad siniestra es quien me pide que me relaje; que respire hondo y cuente hasta diez; que no pierda el tiempo con lo que me roba la calma; que mire más al cielo y menos a mi ombligo. Es indolente, pero simpática pues nunca actúa por mal. Cuando estropea lo que mi parte diestra ha hecho con tanto esfuerzo, en realidad, solo busca hacerla reír... pero mi parte diestra no se ríe jamás.
Mi parte diestra siempre hace lo correcto; mi siniestra hace lo que le da la gana. Una noche, apenas iluminada por un viejo flexo, con un bolígrafo en mi diestra, la siniestra sujetaba el papel en blanco. La siniestra se reía y echaba en cara a mi diestra que, sin su trabajo al sujetar el folio, sus trazos resultarían de un surrealismo picassiano.
Mi diestra no sabía cómo empezar a escribir. La risa no estaba en sus planes. Cuando mi siniestra se levantó del papel con la intención de acariciar el dorso de mi diestra, esta se rebeló y muy diestramente, clavó el boli sobre su mitad demediada.
Cuando la sangre rodó por mi mano y tiñó el blanco del papel, supe que el folio no se llenaría nunca, se había detenido la inspiración... pero nunca llegué a saber qué parte de mí hizo lo diestro y cuál lo siniestro.

Anamaría Trillo. Licenciada en Periodismo, editora y escritora. Apasionada de la lectura y la escritura, cultiva la novela, el relato corto y pequeñas incursiones en el mundo de la poesía. En 2014, ha participado con otros autores en Nueva carta sobre el comercio de libros de la editorial Playa de Ákaba. Es autora del libro de relatos El faro de Umssola y otros cuentos subterráneos. 

jueves, 8 de mayo de 2014

EL ÁNGEL DEMEDIADO, por Elena Martínez Royo

EL ÁNGEL DEMEDIADO
Elena Martínez Royo

Crono se había enfrentado nuevamente a su hijo Zeus. La lucha en el Olimpo desencadenó truenos, que rompieron el silencio de la noche y rayos, que iluminaron el oscuro cielo. Helios, montado en su carro, condujo por el océano que circundaba la tierra, para que con la llegada del sol, dejaran de pelear.
Lucas, el viejo jardinero, se dirigió al laberinto para hacer desaparecer los efectos de la tormenta. Sabía que cuando el sol se escondiera, los enamorados aparecerían. Se convertiría en un lugar mágico, lleno de amor y promesas. Barrió las hojas esparcidas por encrucijadas y caminos, que conducían a una plaza en cuyo centro un imponente ángel de piedra lo dominaba todo. Cortó setos y limpió bancos escondidos estratégicamente, para que los amantes encontraran la buscada intimidad.
Al llegar a la plaza y ver lo que había ocurrido, exclamó:
—¡Un rayo ha demediado al ángel!
A partir de ese día los enamorados buscaron la magia en otro lugar y dejaron paso a seres que esparcían tristeza por sus calles.
Al ver lo ocurrido Helios apeló a Afrodita para restaurar el orden establecido por los Dioses.
Lucas, como cada mañana, se dirigió al laberinto. Los setos habían crecido tanto que cubrían sus calles. Resignado, cogió las tijeras de podar. Durante semanas trabajó abriendo caminos. Su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar a la plaza descubrió que el ángel ya no estaba demediado.
Sentada en un banco, una pareja se daba besos apasionados. Sus suspiros se entremezclaban con los de otros enamorados. La magia había vuelto.


Elena Martínez Royo. Diplomada en Criminología y aficionada a la lectura. Algunos de mis relatos han sido publicados y, en la actualidad, me estoy enfrentando al reto de mi primera novela.